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En medio de la nada

En la segunda edición de Detrás del muro —en la XII Bienal entre mayo y junio últimos— la presencia internacional fue muy fuerte, involucrándose con el proyecto destacados artistas de Cuba, Estados Unidos, México, Colombia, España, Dominicana, Marruecos y Alemania. Nunca me ha interesado el localismo porque, a veces, ese término nos hace ser incomprendidos. Me gusta la universalización más allá de las fronteras y si hay talento y convicción da lo mismo que sea cubano que no cubano. El proyecto Detrás del muro queda en la ciudad y eso es lo más importante, que el cubano eleve su espíritu a través del arte.

Juan Delgado Calzadilla

(…) El arte, en un espacio público, acaso sobrevive cuando en realidad conmueve y paraliza al “otro” o, en la mayoría de los casos, cuando está rodeado de solemnidad (algunos monumentos, básicamente). De lo contrario, o se devora él mismo o lo devoran. En La Habana, las espectaculares arañas de Louise Bourgeois asombraron y fascinaron: tal fue su salvación. Detrás del muro es un proyecto megalómano que valida la tesis de Utopía, solo que al estar en una frontera -metafórica y literal no es populista ni llega a los extremos. Más bien es aterrizado y viable y no pretende replicarse.

Su patria es el Malecón y sus “descamisados” son residentes urbanos atrevidos y sabiondos. Detrás del muro trasciende al arte al insertarse en cierto discurso y dinámica cultural; y baila sobre una cuerda floja. Tal es su encanto y su handicap: estar en el medio de la nada. En el limbo. Ni para uno ni para otros (…)

(…)Detrás del muro II es un evento que ha debido bregar con la pérdida del valor cultual de muchas de sus propuestas por dos razones: 1- la naturaleza misma del espacio público y 2- la ausencia de cloro psicourbano o marginalia que impera en el tramo del Malecón que va desde el Torreón de Lázaro hasta La Punta. Esta última, unida al componente físico y violento del “sofá habanero” hace que el evento dure, a lo sumo, una hora. Lo demás es resaca, distorsión, pérdida de foco. Lo demás son capítulos diarios de lecciones de canibalismo y pragmatismo desobediente y salvaje. Una zona de desastre debido, tal vez, a que aún ese público no es cliente. Creo que ahí estamos todos de acuerdo. Tanto como en el hecho de que se extrañó una obra inmensa como Fe, de la edición anterior. Eso lo sabíamos pero esta vez existían otras variantes que terminaron animándonos y seduciéndonos mucho: dado que en esta segunda parte aplicaron y fueron aprobados una mayor cantidad de proyectos hubo cabida para talleres comunitarios “invisibles” o los ojos de un público que buscaba la solidez moderna de las obras; o gestos en nada aparatosos y enormemente poéticos (Glexis Novoa, Adonis Ferro, David Beltrán y Ariel Orozco); o propuestas interactivas que exigían el protagónico del público que completaba artísticamente la obra (Carlos Montes de Oca, Álvaro José Brunet, Liudmila López, Manuel A. Hernández, Reynier Leyva Novo, Inti Hernández, Rachel Valdez, Duke Riley, Fidel Ernesto Álvarez, Duvier del Dago, Arlés del Río); y comenzamos un mini-proyecto dentro del grande: las noches de vídeos en el Café Neruda para las cuales fueron invitados a curar Luis Gómez, Andrés Abreu y quien suscribe estas líneas. Con estas noches comenzó a ensayarse una plataforma transversal de poéticas, edades e intereses diferentes que puede ser extensivo a otras grandes tapias del litoral. Este programa constituía la extensión de un evento que, por naturaleza, nació condenado a la brevedad. Este efecto de temporalidad, directamente vinculado a la ilusión, estuvo acentuado por la presencia de muy buenos performances (la sagacidad prohistórica de Reynier Leyva Novo, la espectacular ironía de Humberto Vélez, la renuncia vital Ricardo Rodríguez, y la agudeza política de Aimée García). La dama de rojo es, definitivamente, de esas rotundas e irreprochables piezas ancladas en una lógica de Bienal con MAYÚSCULA. La cantidad y extensión de los murales es otro de esos tópicos que queríamos remarcar. Concebidos para cada sitio en que fueron emplazados, dieron vida a espacios y paredes de cero lustres y demostraron cuan nobles y penetrables son, permitiendo exhibir los atípicos frescos de Glexis Novoa, la esquizofrenia pictórica de Ernesto García Sánchez, el surrealismo de Emilio Pérez, la jugarreta anti-arte de Pablo Rosendo y la abstracción de José Rosabal. Invitar a los artistas a un proyecto de esta magnitud es algo en extremo complicado porque a excepción de pocas propuestas, la mayoría requiere de una inversión fuerte de recursos materiales y financieros que en un porciento alto de los casos el artista o las galerías serias que representan a esos artistas asumen con no poco entusiasmo. Porque producir las obras de sus artistas es consustancial a la función de una galería y esto es algo que los galeristas cubanos han obviado en su gusto por funcionar como guetos o feudos en los que el Señor es tu señor y la gestión principal se reduce a la colecta del diezmo. El filón institucional restante deja que los curadores de Detrás del muro trabajen (dentro de lo permisible) y esto, haciendo un ejercicio de entendimiento, debe traducirse como una forma de pago o patrocinio. Es raro y hasta increíble, pero esa versión del laisse faire es su gran aporte. Pálido, tímido, tartamudo y otros adjetivos menos eufemísticos si caemos encuenta que estamos hablando de uno de los proyectos más visibles dentro de la cultura cubana e incorporado ya al imaginario social de un amplio segmento poblacional que, en una operación metonímica, cree que la Bienal de Habana es Detrás de muro, como si este hubiera confiscado el valor de aquella. El equipo de Detrás de muro, y en específico el carisma y los dotes de relacionista público de Juanito Delgado, se encarga de acolchonar aquellos proyectos que provienen de artistas muy jóvenes y de escasos ingresos, logrando realizar nuestra vocación de “presentar”, en la plataforma más visible de Cuba que es, ni lo duden, Detrás del muro, a artistas emergentes de otros países, habaneros y también, de otras provincias. Las esculturas de Lina Leal, Kdir López, Florencio Gelabert, Roberto Fabelo, Liudmila López, Víctor Piverno, Rafael Villares, Safaa Errúas así como las instalaciones de Juan Milanés, Ernesto Javier, Othon Casteñada y Carlos Nicanor (estupendas estas cuatro site specific) y la gigantografía de Andreas Feist tuvieron su emplazamiento exacto y no dejan lugar a dudas. Algunas obras necesitaban de otros emplazamientos para que pudieran brillar. Al menos tres propuestas quedaron por debajo o traicionaron el espíritu de los proyectos, y aunque siempre hay margen para que esto suceda, nos disgusta que así sea. Por fortuna fueron pocas. A Detrás del muro se le exige negociar con un contexto mutante: donde ayer existía un andamio o pared mañana es un edificio nuevo, proyecto, o una ruina y viceversa y a esto se le suma que la “museografía” se realiza en abstracto, sin la presencia física de las obras, pues se requiere de permisos para cada palmo del espacio y porque simultáneamente diseñamos un plano para los visitantes. Aun así, casi todas las obras fueron concebidas para ese tramo de Malecón donde lo único estable son esos kilómetros de muro al que hemos tratado de abrir grietas para que todo fluya y las aguas y la sangre de otros océanos se cuelen por ellas a través de convocatorias cada día más inclusivistas, rigurosas y democráticas.

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